En enero de 1969 Silo dio una breve charla en Quintero, un pueblito costero de Chile. Estas fueron sus palabras al comienzo de la charla: “Aprende bien lo que voy a decirte: no hay hombres buenos ni hombres malos. Donde no hay libertad no hay bien ni mal, todo sucede a pesar del hombre. Entiende que no eres libre en el momento de tu nacimiento, ni cuando amas, ni en el momento de tu muerte.”
Para mí, ese comienzo fue un gran descubrimiento cuando me encontré con estas palabras un año después en un pequeño libro titulado “Silo y la liberación”.
Es cierto que nadie elige nacer y nadie elige donde nacer tampoco.
Nadie elige en que familia nacer ni en que sustrato social tampoco.
Nadie elige en que sustrato económico nacer ni que idioma hablar.
Quizás por esas condiciones extremas nos obsesionamos con la idea de libertad y no por la libertad en sí, sino al revés, por la falta casi completa de libertad percibida y real. No elegimos ni siquiera el color de pelo, el color de ojos, el color de piel, la constitución física y así siguiendo. No elegimos nada pero tampoco lo aceptamos o lo consideramos seriamente y es fácil convencernos de que somos “libres”.
Interesante creencia a pesar de lo aplastante que es la realidad enfrente de esa creencia. No solo aplastante, sino increíblemente determinante.
Sin embargo, a pesar de toda la evidencia absolutamente obvia, la creencia persiste porfiadamente y ciegamente. Ni siquiera elegimos nuestro nombre y apellido. Todo, absolutamente todo, es dado, no es elegido.
Creerse libre y quererse libre son actitudes bastante diferentes y llevan consigo una profundidad muy distinta. Mientras una actitud se fundamenta en una creencia sin asideros - o sea “infundada”, la otra se basa en una realidad que a pesar de ser brutal, es correcta. Todos debemos luchar por querernos libres ya que claramente no lo somos.
Esa simple aceptación nos lleva a comprender mucho de lo que llamo “condición de origen”. La libertad (entre condiciones) si fuéramos justos en su apreciación, existe solamente si hay un esfuerzo permanente en la dirección de la liberación de las condiciones a la cuales estamos sujetos desde nuestro nacimiento hasta nuestra muerte.
Existe un esfuerzo por modificar algunas de estas condiciones que son las más superficiales y que no aportan mucho a la liberación propuesta. Puedo cambiarme el color del pelo y de los ojos, puedo usar zapatos que me hacen parecer mas alto, puedo cambiar - con dificultad - el sexo con el que naci y sin duda hay formas de cambiar nuestra apariencia. No por esos cambios somos más libres. No tengo nada en contra de ninguno de estos cambios mencionados, todo lo contrario, pero acepto que no hay una transformación que vaya en la dirección de una liberación más profunda que se manifieste más que nada en un comportamiento y en una forma de estar en el mundo.
Si admito con sinceridad mi falta de libertad, me doy cuenta que hay otros aspectos más internos que me condicionan y son esos precisamente los que vale la pena transformarlos porque eso sí se puede hacer. Entonces, quererse libre es quererse internamente de la mejor forma posible.
Esa forma es coherente. O sea, va en una dirección evolutiva, va en una dirección unitiva internamente.
La libertad es uno de los anhelos más interesantes que podemos tener. La libertad, o mejor dicho, la liberación, es una aspiración que tenemos desde que adquirimos la capacidad de sentir y pensar. Y precisamente porque es una aspiración humana, es importante concebirla correctamente y por eso mismo es un proceso el de la liberación. La libertad estática no existe, pero sí existe ese trabajo que va desde lo menos libre hacia lo más libre.
Otra forma de verlo es la liberación de las condiciones opresivas impuestas por el medio, por la sociedad, por nuestro propio cuerpo y por nuestra propia mente. Las condiciones impuestas por el medio y por el cuerpo pueden ser aliviadas y en algunos casos, resueltas, a través de correcta aplicación de la justicia y del avance científico. La liberación de las condiciones opresivas impuestas por nuestra mente y emociones solo puede ser aliviada y resuelta por un trabajo personal en la dirección de comprender cabalmente nuestras limitaciones y ejercitar un trabajo sostenido de ir transformando todo eso que nos impide ser libres internamente, ya que todos esas “dificultades” producen sufrimiento interno y es ese sufrimiento el que impide la verdadera manifestación de la mente, del verdadero espíritu, del verdadero amor y de la verdadera compasión.
¿Y cómo puedo “dejar ir”?
¿Cómo puedo “soltar”?
La respuesta más sencilla pero más verdadera es: Haciéndolo, practicandolo…
Cuando estoy en presencia de lo que me hace sufrir, es casi siempre un temor a algo, o una vaga sensación de inseguridad interna, una manifiesta “indignación” por ser cuestionado, una enorme gama de emociones que no son de paz interna ni de acuerdo conmigo mismo. Muchísimas para ser explicadas en este breve escrito, pero todas ellas las siento internamente como violencia y la raíz de la violencia está en el deseo.
He tratado de aprender a reconocerlas y aprender a soltarlas. En el aprender a reconocerlas hay todo un trabajo atencional puesto en mis respuestas al medio, en mi interacción con otros y conmigo mismo. Muchas veces me trato a mi mismo mal y eso no ayuda. Necesito soltar mi juicio interno. Necesito soltar las ideas que tengo de mí mismo, necesito dejar ir mis creencias y mis justificaciones.
Necesito dejar ir mis rencores, dejar ir la imagen que tengo de mí mismo, mis temores, resistencias, ilusiones, desilusiones, resentimientos, frustraciones, obsesiones, prejuicios, las ideas que tengo acerca de todo, etc.
En palabras simples, dejar ir a lo que conforma mi “yo”, mi ego, mi generador más grande de deseos frustrados.
Y cuando soy capaz de hacerlo - aunque brevemente - y en otros casos más permanentemente, he notado que un gran vacío es creado internamente que me permite aprender, escuchar y observar de una forma distinta y quizás lo más importante es que tiene el sabor a libertad. Cuando no necesito defender nada acerca de lo que creo ser o tener, es cuando experimento verdadera libertad interna.
No vale la pena hablar de todo esto sin tener ninguna experiencia. Es indispensable hacerlo y así poder experimentar lo que se propone y mientras más sean los esfuerzos sostenidos en esa dirección, más fuerte es el sentimiento de liberación y tales esfuerzos valen la pena completamente.
Febrero 2026