El proceso opuesto a la evolución es la involución. Una característica de la involución es un enfoque de bajo nivel para abordar cualquier asunto. En este momento, las instituciones, la política, la economía e incluso las corrientes espirituales operan basándose en lo mínimamente aceptable, lo que también se conoce como el mínimo común denominador. El gran problema es que, en esta situación, no estamos progresando ni evolucionando; por el contrario, permanecemos estancados en la misma rutina en los ámbitos cultural, político, económico y espiritual. No debería sorprendernos que nuestros mejores funcionarios electos —o nuestros candidatos potenciales— reflejan precisamente este nivel tan bajo que hemos llegado a aceptar y que, en algunos casos, incluso defendemos.
Nuestras instituciones están en decadencia y ya no se encuentran al servicio del pueblo. Nuestra ciencia sirve a una tecnología que es propiedad de oligarcas y que estos manipulan a su antojo. A lo máximo que podemos aspirar es a poseer dispositivos tecnológicos que renovamos periódicamente. Al percibir que no estamos avanzando como sociedad ni como especie, admitimos que hay algo que no funciona bien. Si somos brutalmente honestos, la sensación es la de estar traicionando algo fundamental. Decimos: «Las cosas son como son», pero, en lo más profundo de nuestro ser, esa realidad no nos agrada. No creo que se trate simplemente de aceptar las cosas tal como vienen dadas; más bien, me temo que la gente no podrá hacer nada para revertir este proceso de involución a menos que alcancemos una comprensión profunda y lúcida sobre la dirección que estamos tomando. Asimismo, dudo que podamos adoptar una visión basada en creencias ancladas en el pasado, que es precisamente donde se sustenta nuestro enfoque de bajo nivel. Nuestra incapacidad para construir un futuro —sustentado en la fe en el ser humano y en el coraje para superar las adversidades— nos mantiene atrapados en esta lamentable situación. Ha llegado el momento de cuestionarnos si este modelo nos hace avanzar realmente hacia un mundo más luminoso, justo y humano.
El temor es un gran motivador, pero no nos servirá para construir nuestro futuro. Dar el salto para superar nuestro temor es el primer paso. Espero, con todo mi ser, que demos ese paso y no sucumbamos ante el temor.
Al dar ese paso, es posible que descubramos una fe que reside en el interior de todo ser humano: una fe en la humanidad y en la capacidad del ser humano para obrar de la mejor manera posible, tal como nos demuestra la historia. Este no es, en absoluto, un final trágico, sino más bien una gran oportunidad para todos aquellos que desean un futuro mejor: la de iniciar hoy mismo —desde nuestro propio silencio interior— un proceso de humanizarnos a nosotros mismos, a los demás y a esta sociedad en crisis. Mi amiga Trudi supo expresarlo con sencillas palabras: «Tengo la sensación de que la respuesta más coherente será pequeña, incluso invisible, con gran humor, y a la vez amable…»
Mayo 2026
Arte de Rafael Edwards